Ser un buen líder requiere convertirse en un artífice

El término liderazgo es un concepto que parece trillado y da la impresión que se recurre a el para describir un conjunto de características que…

El término liderazgo es un concepto que parece trillado y da la impresión que se recurre a el para describir un conjunto de características que desearíamos personificar o, en su defecto, visualizar en alguien más, sobre todo en entornos laborales y profesionales.

Pero, más allá de un conjunto de características deseables, quiero abordar el término liderazgo desde las implicaciones que tiene este papel o rol en una empresa y el impacto tan relevante que tiene en la vida de las personas.

Comenzaré rescatando una de las definiciones más completas de liderazgo, de Marshall Ganz, que lo define como “la práctica de aceptar la responsabilidad para permitir a otros lograr objetivos compartidos en condiciones de incertidumbre” y pongo sobre relieve el principal concepto de la definición: “permitir a otros lograr objetivos compartidos”.

Haré un primer planteamiento para explicar la relevancia de este concepto, ¿qué significa permitir a otros que logren objetivos compartidos? Podría darse una respuesta simplista, pero en realidad este planteamiento encierra un sinfín de elementos; mismos elementos que deben ser gestionados por un líder para que esto suceda.

Son tantos elementos que tienen que coincidir de forma tan orquestada que el líder se convierte en una especie de artífice, es decir, un artesano que crea algo con esmero y fino detalle. Pero, ¿cuál es esta creación? Bien, la creación de este artífice es un sistema o maquinaria que integra los elementos necesarios para permitir que las personas que ahí participan alcancen sus objetivos, se desarrollen y crezcan.

Estas maquinarias son aquellas organizaciones o empresas en las que existe una fina arquitectura que pone a cada elemento en el sitio correcto para entregar un resultado positivo, y más que positivo, extraordinario.

La principal competencia de este artífice es la de entender que todas las personas funcionan de forma muy distinta, pero, entender esto y luego ponerlo en práctica, no es cosa fácil. A decir verdad, es una de las cosas más difíciles de dominar, simplemente porque los seres humanos somos seres únicos y sumamente complejos. La principal complejidad radica en qué sitio colocar a cada persona, haciendo qué, bajo qué contexto y en que circunstancias. Resolver esto marca la diferencia no solo en los resultados de la organización, sino más importante aún, en las personas que participan en esta fina maquinaria. Antes de continuar, no quiero que se malinterprete el término maquinaria ni se piense en las personas como un componente remplazable, como si de una pieza se tratara.

Por el contrario, el término maquinaria hace alusión a un conjunto de elementos que funcionan armónicamente para dar un resultado y, desde una perspectiva humana, permitir que las personas se desarrollen depende que éstas sean colocadas en el lugar indicado.

Así, un artífice –líder– se configura como un rol que requiere tener una visión aérea del entorno, saber a dónde se dirige, que componentes integran dicha máquina, bajo qué procesos y, lo más importante, saber quién participará y en qué lugar.

Una de las máximas de un buen artífice es entender que el quién es más importante que el qué. El qué lo resuelve cualquier proceso, pero la interrogante del quién solo la puede resolver un artífice, que sepa conjugar características personales, competencias, contextos, circunstancias, procesos y alinear todo a un objetivo compartido.

Por Edwin Garcilazo edwingarcilazo@gmail.com

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Etiquetas: líderliderazgo

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