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ACADEMIA MEXICANA DE PSIQUIATRÍA Y PSICOANÁLISIS
CONSEJO DOCTORAL Y ÉTICA
Trabajo valorado académicamente 28 de Febrero de 2022
“LA ENVIDIA EMOCIÓN NEGATIVA “(009675)
Autor: Don Francisco del Cueto y Dondé
Marino Militar Capitán de Fragata
Academia Militar Naval de Colbert, Indiana, pre Westpoint
Doctor Honoris Causa
Académico de número
Catedrático, investigador y escritor, en psiquiatría y psicoanálisis en favor de las
mujeres y niños.
Maestría en Mercadología y Psicología
Universidad Getulio Vargas, Brasil
Maestría en Deontología de la Comunicación.
Universidad de Navarra, España.
Posgrado en Teología y Ética
Pontificia Academia Eclesiástica
Estado Vaticano
Único mexicano Claricognosciente.
Consultor en inteligencia naval en temas de grupos organizados y perfilador de
TRIPODE no integrados.


LA ENVIDIA: EMOCIÓN NEGATIVA

Aunque todo el mundo la experimenta en diferentes momentos de su vida, la envidia tiene muy mala reputación.

“Es considerada una de las emociones más negativas. Resulta casi un insulto decirle a alguien que es envidioso o que una persona se declare como tal, porque nuestra conciencia moral nos impide reconocernos de esta forma”, escribió Virginia Urrutia, psicoanalista y docente de la Universidad de Santiago de Chile (USACH).

Por lo visto,"hay un desconocimiento, ya que la envidia no es un defecto de algunos, sino una emoción universal, que se manifiesta espontáneamente en ciertas situaciones".

El diccionario de la RAE define la envidia como el “sentimiento de tristeza o enojo que experimenta la persona que no tiene o desearía tener para sí sola algo que otra posee”. También puede catalogarse como una “pasión malsana que afecta más a quien la vive que a aquel que la despierta”.

Por otro lado, según Albana Paganini, académica y directora de la Clínica Psicológica de la Universidad Diego Portales (UDP), “puede ser un problema si la persona se siente frustrada y no puede desarrollar su vida, se siente tomada por esa amargura”.

Los ojos del envidioso siempre están puestos afuera: en las alegrías, los logros o los talentos de otro. En lugar de mirar en su interior y apreciar lo que es o lo que tiene, se compara, por ejemplo, con su mejor amigo o con una compañera de trabajo, y siempre sale perdiendo. “¡Qué injusto!”, se dice, “a él lo quieren más, a ella la ascienden. Soy yo quien merece eso”. Pero, ¿qué hay detrás de una persona envidiosa?

“Un dolor intenso por la comparación entre lo que percibe y lo que tiene. Ese dolor es lo que llamamos envidia y nos recuerda lo que no tenemos”, explica Urrutia. “Se confunde con el odio, pero no es así, ya que en el odio puede haber placer, sobre todo si se lleva a cabo una venganza que se cree reparatoria.”

“La envidia nunca es placentera, porque pone a la persona en contacto con sensaciones de inferioridad de forma directa”. Ocurre que los éxitos del otro le muestran su propia incapacidad. “Alguien está realizando algo que yo deseo hacer o tener, puedo sentir que no lo estoy logrando, porque no tengo recursos, y que nunca lo voy a lograr”.

Cicerón, el famoso escritor, orador y político romano, decía que “nadie que confía en sí, envidia la virtud del otro”. Los envidiosos, que tienen una baja autoestima, menosprecian los logros ajenos, los viven como una ofensa a su propio ego.

Usualmente, se trata de personas cercanas: familiares, amigos, parejas, colegas o con las que existe una relación lujuriosa, como veremos más adelante. Desde una perspectiva religiosa, la envidia es uno de los siete pecados capitales, pero no hay que demonizarla: en el desarrollo humano forma parte de la ambivalencia que constituye los vínculos con los otros.

“Hay una idealización de las relaciones, como si los sujetos fueran armoniosos y, en realidad, las relaciones están cruzadas por amor y odio, celos, rivalidad y envidia”, matiza Paganini.

Además de dolor, la envidia provoca en quien la siente ansiedad, hostilidad, rabia y depresión. Y toma diferentes formas. En la etapa escolar, pueden ser las notas; en la adolescencia, las conquistas amorosas; en la adultez, el éxito material, laboral o familiar. Un artículo de la revista Psychology Today enumera Siete razones por las que envidiamos a nuestros amigos (y viceversa): el dinero (un amigo gana mucho y el otro vive al día), las relaciones (uno siempre está con alguien; el otro, no), la fertilidad y los niños (una amiga se embaraza como si nada, la otra lleva dos años en tratamiento), el atractivo físico (hasta los 40; en la mediana edad es “quién envejece mejor”), el peso (alguien con sobrepeso frente a un amigo delgado), el éxito laboral (uno gana más plata o es más reconocido) y las redes sociales (por las fotos que exhiben “felicidad”).

Formas de hacer daño.

La envidia puede ir desde una ironía, pasando por chismes que el envidioso esparce para desprestigiar al envidiado, hasta algo gravísimo.

“A mí no me gusta que me regalen flores, son como de funeral”, puede comentarle una mujer a otra, que acaba de recibir un precioso bouquet. “Es una reacción típica del envidioso.

“Hay una negación, un desplazamiento, una violencia solapada”, enumera Urrutia. Otro ejemplo, una amiga le presta un vestido o una cartera a otra y esta se los devuelve manchados o con alguna falla. “Hay una rivalidad, algo infantil. Sale con excusas como: ‘disculpa, se me cayó y se le hizo un raspón’. Hay un elemento destructivo hacia el otro”. La competencia puede reflejarse, igualmente, en que un tipo se vista como su cuñado o se compre el mismo auto. “Una vez, el amigo de un conocido se construyó una casa en el campo que era igual a la de él: los techos altos, las vigas, la decoración, todo”, cuenta la psicóloga.

¿Qué pasa si la envidia no se controla adecuadamente? “En la envidia destructiva, la persona ve al otro como un obstáculo. Si esa envidia sigue creciendo puede planificar cualquier cosa, incluso, la muerte. Esto, dependiendo de la estructura de personalidad.

La envidia patológica es típica en estructuras de personalidad narcisista y también en los psicópatas. Los envidiosos patológicos se sienten súper amenazados y angustiados por el éxito, la felicidad o la prosperidad de otros, porque sienten que no pueden tener eso. Entonces, si no lo tienen, lo destruyen”.

La envidia también tiene que ver con la “voracidad”, sostiene Urrutia. “Es voraz, en la medida que aumenta esa emoción, ese sentimiento. Cuando nos encontramos con niños envidiosos muy tempranamente, es peligroso, porque los niños confunden lo bueno con lo malo, cómo obtener algo que piden a cualquier precio”. Existen grados y grados de envidia y, precisamente, se enlazan con el “peso de la infancia y el vínculo con los padres”. ¿Qué faltó? ¿La persona fue aceptada, valorada? Si no, dice Urrutia, se produce “una fractura, una herida que, con el tiempo, va creciendo. La envidia es una respuesta social a eso. Hay un tema con la fragilidad, con lesiones en la autoestima”.

La envidia es tan inherente al ser humano, que “cualquier niño de dos años que haya vivido el nacimiento de un hermano va a sentir rabia, porque se siente amenazado en su situación de privilegio, de hijo único.

El típico ejemplo, en la tradición católica, es el de Caín y Abel. Caín envidia a Abel porque este tiene la predilección del cariño paterno”, ilustra Urrutia. Para Paganini, hay una asociación con los celos –donde, a diferencia de la envidia, siempre hay un triángulo y un temor del celoso a le quiten algo o a alguien, que cree le pertenece–, ya que el niño observa el cuidado que su madre le brinda a su hermanito.

“Para ese niño es una injusticia, debido a que él tuvo que renunciar a los privilegios de la incondicionalidad del amor y entrar al juego que implica ser amado con condiciones. Es parte del desarrollo vital de todos nosotros. Imaginamos que siempre puede haber otro que no ha sufrido esta herida y eso son los celos y la envidia. Se viven como un desalojo del amor”, afirma.

¿Es perjudicial que los padres comparen a sus hijos? “El ser humano necesita ser legitimado como único. “Las comparaciones son odiosas y generan mucho dolor, porque hay una no aceptación del legítimo otro.”

El hijo al que lo están comparando constantemente con otro tiene que luchar para abrir su propio camino. Una cuota de envidia puede convertirse en odio”, alerta Urrutia. Ella recomienda que los padres opten por el discurso inclusivo, “por ejemplo, que le digan a un hermano acerca del otro: a él le cuesta mucho hacer tal cosa, podríamos ayudarlo”.

Se supone que, mientras más pleno se sienta alguien en diferentes áreas, menos envidia sentirá hacia los demás. Ahora, ¿existe la “envidia sana”? Hay quienes hablan de “admiración positiva”, ya que envidiar “sanamente” sería una contradicción. “Es una forma de exculparse, porque el sujeto ético siente envidia, pero siente culpa”, indica Paganini.

Si una persona reconoce que siente envidia, Urrutia plantea que sería bueno que se pregunte: “¿De dónde viene? ¿Por qué me comparo con otras personas? ¿Cuáles son mis logros? Quizá tiene sus propios méritos”.

Quien es envidiado, en tanto, “podría confrontar a la otra persona exponiendo lo que le ha hecho daño y el dolor que le provoca. Si las cosas no cambian, lo mejor sería alejarse”.

En el caso personal del autor, durante los más de tres años que me lo pasé entrevistando a más de 230 jóvenes, las que se dedican al intercambio de sexo por dinero, yo le llamo Quid Pro Quo (una cosa por otra), su primer rasgo de personalidad, nunca lo superan, es la envidia y es algo con lo que tuve que lidiar durante los cinco años que me metí a fondo en sus psique.

Durante ese tiempo, primero escribí y entregué el libro que la universidad de la Sorbonne me encargo, para sus cursos de posgrado, dedicado al análisis psicológico pero estadístico de las Quid Pro Quo.

Posteriormente, fue que aproveché para perfilarlas a fondo psicoanalíticamente, fue un trabajo de días y noches completas,

dedicado a abrir casi 100 expedientes de cada una de las chicas que identifiqué con rasgos claros de los múltiples trastornos de la personalidad, síndromes y traumas psicológicos, así como adicciones al alcohol, drogas, mitomanía, esqueísmo, manipulación, más lo que venía acumulándose.

Afortunadamente, años atrás antes de iniciar la investigación y a perfilarlas, había casi completado el círculo que inició la Doctora eminentísima psicoanalista Melanie Klein, que cubría un tramo de “Envidia a Ingratitud” yo diría que muy leve para como yo lo concluí.

Obvio la doctora nunca conoció personas como estas jóvenes QPQ, y menos cuando diseño este esquema en 1957. Sin mas introducciones, a continuación les comparto el círculo perverso, no virtuoso digo yo, del “Síndrome de Klein”.

“Grandeza económica y prestigio social generan envidia, envidia genera rencor, rencor genera mentiras, mentiras generan traición, traición genera deslealtad, deslealtad genera ingratitud e ingratitud genera castigo”.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]